martes, 9 de noviembre de 2010

LA "MATANZA" DE BENAHADUX

La rebelión morisca.



Durante 30 años, los comerciantes franceses, portugueses y otros extranjeros, se aprovechan de que la Corona Española había prohibido el intercambio comercial con el norte de Africa, llevando sus mercancías a los mercados norteamericanos mientras que aquí la pobreza se generaliza.
Los habitantes de la zona se ven obligados a importar del norte de Africa mercancías que en el pasado ellos mismos producían: cera, cuero, dátiles, almendras, azúcar, miel, etc.
Los moriscos, que son los más débiles en el tejido social, son los que más sufren en este estado de cosas. Empeñan, malvenden sus pequeñas propiedades, son explotados y expropiados.
El levantamiento de los moriscos comenzó con la sublevación de estos en Béznar, en la víspera de Navidad de 1568 y en torno a Hernando de Córdoba y Válor, que recuperó su antiguo nombre árabe Muley Mohamed Abenhumeya, descendiente, decían, de los califas omeyas. Se proclamó rey de las Alpujarras.

La rebelión se extendió rápidamente a toda la zona oriental de la provincia de Almería. Pronto las zonas de Felix, Laujar, Canjáyar, todo en alto valle del Andarax y hasta Pechina y Benahadux se vieron desbordados por los acontecimientos. En la comarca del río de Almería y de Almanzora fueron famosos, como jefes de los moriscos el Gorri y el Mari.


Luis Mármol Carvajal nos refiere:
"Era cosa de maravilla ver cuán enseñados estaban todos, chicos y grandes, en la maldita seta; decían las oraciones de Mahoma, hacían sus procesiones y plegarias, descubriendo las mujeres casadas sus pechos, las doncellas las cabezas; y teniendo los cabellos esparcidos por los hombros, bailaban públicamente en las calles, abrazando a los hombres yendo los mozos gandules delante haciéndoles aire con sus pañuelos, y diciendo en alta voz que era llegado el tiempo del estado de la inocencia, y que mirando en la libertad de su ley, e iban derechos al cielo, llamándola ley de suavidad, que daba todo contento y deleite".



La aventura morisca, trágica y feroz en tantos aspectos, culmina en la rebelión abierta en las Navidades de 1568.
Del lado morisco, a los pocos días de la rebelión, el fanatismo se cebó con eclesiásticos y cristianos viejos que fueron asesinados, por lo general, no sin antes hacerles sufrir múltiples vejaciones. Los principales símbolos del dominio cristiano, las iglesias, fueron el principal objetivo de los moriscos rebeldes. Numerosas iglesias fueron saqueadas e incendiadas.
En el bando contrario, las tropas reales y las milicias urbanas protagonizaron numerosos episodios sangrientos y auténticas masacres. 


Son reseñables el extreminio de la población morisca de Enix y Felíx a cargo de don Luis Fajardo, segundo marqués de los Vélez, en enero de 1.569 y poco después, repetido en Ohanes, o el cerco de Inox en el mismo mes de enero.

Otra matanza terrible fue la ocurrida tras la toma del castillo de Juviles como relata Mármol:
“…mandó a don Alonso de Cárdenas, y a don Luis de Córdoba, y a don Rodrigo de Vivero y a otros caballeros, que se adelantasen y se apoderasen del castillo y de lo que hallasen en él; los cuales lo hicieron luego,… fueron los rendidos trecientos hombres y dos mil y cien mujeres;… , y metiendo las mujeres en la iglesia, pusiesen los hombres por las casas…. y como el cuerpo de la iglesia era pequeño, y la gente mucha, de necesidad hubieron de quedarse fuera más de mil ánimas en la placeta que estaba delante de la puerta… Sería como media noche, cuando un mal considerado soldado quiso sacar de entre las otras moras una moza. La mora resistía, y él le tiraba reciamente del brazo para llevarla por fuerza,… un moro mancebo, que en hábito de mujer la había siempre acompañado, fuese su hermano o su esposo u otro bien queriente, levantándose en pie, se fue para el soldado, y con una almarada que llevaba escondida le acometió animosamente… Apellidose el campo, diciendo que había moros armados entre las mujeres, y creció la gente, que acudía de todos los cuarteles con tanta confusión, que ninguno sabía dónde le llamaban las voces, ni se entendían, ni veían por dónde habían de ir con la escuridad de la noche…acudieron más soldados, y allí fue el principio de la crueldad, haciendo malvadas muertes por sus manos; y ejecutando sus espadas en las débiles y flacas mujeres, mataron en un instante cuantas hallaron fuera de la iglesia; y no quedaran con las vidas las que estaban dentro, sí no cerraran presto las puertas unos criados del Marqués…los arcabuces en la tenebrosa oscuridad de la noche; y estos eran los que mayor estrago hacían, queriendo vengar su sangre en aquellas cuyas armas eran las lágrimas y dolorosos gemidos… Duró la mortandad hasta que, siendo de día, los mesmos soldados se apaciguaron, no hallando más sangre que derramar los que no se podían ver hartos della, y conociendo otros el yerro grande que se había hecho. Luego comenzó a proceder el licenciado Ostos de Zayas, auditor general, contra los culpados, y ahorcó tres soldados de los que parecieron serlo por las informaciones”.



En los últimos días del año de 1568, se reunieron en las cercanías del pueblo de Benahadux unos 1400 hombres con la intención de apoderarse de Almería y su Alcazaba. Estaban al mando un morisco de Huécija llamado Brahem el Cacís. El 31 de diciembre cayeron en una emboscada organizada por el capitán García de Villarroel que estaba a cargo de la defensa de Almería.
Esta acción se recuerda como la “encamisá de Benahadux” porque al parecer, los soldados que salieron de Almería iban con las camisolas blancas por fuera, para hacer creer a los sublevados en la oscuridad de la noche, que era un rebaño de ovejas que subía por el río. 


Mármol y Carvajal la relata así en su "Rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada"cómo los moros alzados acabaron de levantar los lugares de Almería, y se juntaron en Benahadux para ir á cercar la ciudad...
"Luego que la taha de Marchena se alzó, los moros alzados de aquella comarca, habiendo levantado los lugares altos del río de Almería, comenzaron a juntarse para ir a cercar la ciudad, no les pareciendo dificultoso ganarla, por la falta de gente, de bastimentos y de municiones de guerra que sabían que había dentro. Teníase aviso por momentos en Almería de lo que los alzados hacían y del desasosiego con que andaban los que no se habían aún declarado, porque demás de su poco secret, como había en la ciudad más de seiscientas casas de moriscos, iban y venían cada hora con seguridad á las acarrias y sierras, so color de entender el estado en que estaban sus cosas, y traían avisos ciertos; y aun los mesmos alzados, como hombres bárbaros de poco saber, que no les cabía el secreto en los pechos ocupados de ira, enviaban soberbiamente recaudos para poner miedo á los cristianos, acrecentando las cosas de su vanidad y poco fundamento.
Un morisco que venía de Guécija dijo un día a don García de Villarroel públicamente como Brahem el Cacís, capitán de aquel partido, se le encomendaba y decía que el día de año nuevo se vería con él en la plaza de Almería, donde pensaba poner sus banderas, que tomase consejo y diese la ciudad a los moros, pues no les quedaba otra cosa por ganar en el reino de Granada, y excusaría las muertes y incendios que se esperaban entrandola por la fuerza de las armas.
Otro le trajo una carta del alguacil de Tavernas, llamado Francisco López, en que cautelosamente le decía cómo se iba a recoger en aquella ciudad con la gente de su lugar y de otros que, como buenos cristianos fieles al servicio de su Majestad, querían abrigarse debajo de su amparo, y que por venir su mujer en días de parir, se detenía tres o cuatro días en los baños de Alhamilla. Más luego se entendió el engaño deste mal hombre por aviso de una espía, que certificó ser mucha la gente que traía consigo, y que venía entreteniéndose mientras se juntaban los moros de Jérgal, Guécija, Boloduy y de la sierra de Níjar para ir luego á cercar la ciudad.
Estos y otros avisos tenían a los ciudadanos con cuidado, fatigábales la falta de pan, aunque tenían carne, y mucho más de las municiones y pertrechos, y con todo esto, ayudados de la gente de guerra, hacían sus velas y rondas ordinarias y extraordinarias, y salían cada día a dar vista a los lugares comarcanos, así para proveerse, como para mantenerlos en lealtad, ó a lo menos entretenerlos que no se alzasen de golpe.
Sucedió pues que el día de año nuevo, habiendo salido don García de Villarroel con algunos caballos y peones á correr los lugares del río, llegando cerca del lugar de Gádor, vieron andar los moriscos fuera dél apartados por los cerros, que no querían llegarse á los cristianos como otras veces, y como se entendiese que andaban alzados, quisiera don García de Villarroel hacerles algún castigo, si no se lo estorbaran los moros de Guécija, que á un tiempo asomaron por los cerros con once banderas, y se fueron a meter en el lugar.
El cual, desconfiado de poder hacer el castigo que pensaba, se volvió a poner cobro en la ciudad, temeroso de algún cerco que la pusiese en aprieto, porque veía que había dentro de los muros al pie de mil moriscos que podían tomar las armas, y de quien se podía tener poca confianza, que los cristianos útiles para pelear no llegaban a los seiscientos, esos mal armados, y que de necesidad se habían de juntar muchos moros, y teniendo tan largo espacio de muros rotos y aportillados por muchas partes que defender, de fuerza habían de poner la ciudad en peligro.
Vuelto pues don García de Villarroel á Almería, los alzados se alojaron aquella noche en Gádor, y otro día de mañana se bajaron el río abajo, y se fueron á poner una legua de la ciudad en el cerro que dicen Benahaduz, donde traían acordado de juntarse, y como nuestros corredores de á caballo, que andaban de ordinario en el río, avisasen dello, hubo muchos pareceres en la ciudad sobre lo que se debía hacer.
Unos decían que se atendiese solamente á la defensa de los muros mientras venía socorro de gente, pues la que había en la ciudad era poca para dividirse, y otros, con más animosa determinación querían que se fuese á dar sobre los enemigos, que estaban en Benahaduz, para desbaratarlos antes que se juntasen con ellos los demás, afirmando que solo en esto consistía su bien y libertad.
Finalmente se tomó resolución en que don García de Villarroel con algunos caballos y infantes fuese á reconocerlos, y á ver el sitio donde estaban puestos, y el acometimiento que se les podría hacer, y con esto se fue la gente á sus posadas aquella noche, donde los dejáremos hasta su tiempo.


Cómo la gente de Almería salió á reconocer los moros que se habían puesto en BenaHaduz...

"A gran priesa se juntaban los moros de la comarca de la ciudad de Almería para ir á cercarla; y demás de los que dijimos que se habían puesto en BenaHaduz, había ya otros recogidos en el marchal de la Palma, cerca de allí, para juntarse con ellos, cuando don García de Villarroel queriendo hacer el efeto de reconocerlos y ver el sitio que tenían y por dónde se les podría entrar, salió de Almería con cuarenta soldados arcabuceros y treinta caballos, dejando atrás los peones, se adelantó con la gente de á caballo; y para haber de hacer el reconocimiento entre paz y guerra, sin que sospechase aquella gente tan conocida y vecinal el intento que llevaba, envió delante un regidor de aquella ciudad, llamado Juan de Ponte, á que les preguntase la causa de su desasosiego, y reconociese qué gente era, y la orden que tenían en el asiento de su campo.
El regidor llegó tan cerca de los moros, que pudo muy bien preguntarles lo que quiso, y con seguridad, por ir solo; y cuando le hubieron oído, le respondieron soberbiamente que volviese á su capitán y le dijese que otro día de mañana, cuando tuviesen puestas sus banderas en la plaza de Almería, le daría razón de lo que deseaba saber. Y como les tornase á replicar, aconsejándoles que dejasen las armas y se redujesen al servicio de su Majestad, que era lo que más les convenía, algunos dellos le comenzaron a deshonrar, llamándole perro judío, y diciéndole que ya era todo el Reino de Granada de moros, y que no había más dios que Mahoma. Con esto volvió Juan de Ponte al capitán, el cual tornó á enviarles otro recaudo con el maestrescuela don Alonso Marín, á quien los moriscos de aquella tierra tenía mucho respeto; el cual llamó algunos conocidos, y les rogó dejasen el camino de perdición que llevaban. Y viendo que era tiempo perdido aconsejarles bien, se retiró, y don García de Villarroel se les fue acercando lo más que pudo en son de guerra, para ver qué tiradores tenían; y como no tirasen más que con un mosquete y dos ó tres escopetas, entendió que se podría hacer el efeto antes que se juntasen más de los que allí estaban, especialmente cuando hubo reconocido el sitio que tenían, que, aunque era fuerte, su mesma fortaleza mostraba ser favorable á nuestras gentes; porque si la aspereza de una senda, por donde se había de subir, impedía el poder llegar de golpe á los enemigos, esa mesma era defensa para que tampoco ellos pudiesen bajar juntos á dar en los cristianos. Sobre la mano derecha había otra entrada, por donde se les podía entrar también, hacia un cerro que estaba junto al de Benahaduz, lugar áspero para hollar con caballos y no muy fácil para gente de á pié.
Callando pues su concepto, y diciendo á los moros que en la ciudad los aguardaba, aunque los tenía por tan ruin gente que no cumplirían su palabra, se volvió aquel día á Almería, donde halló que le aguardaban con cuidado de saber lo que se había hacho; que cierto le tenían todos muy grande, por ser poca gente la que había llevado consigo. Deste reconocimiento llevó don García de Villarroel determinado de dar á los moros una encamisada la mesma noche al cuarto del alba; y no se osando declarar, según lo que nos certificó, temiendo que la justicia y regimiento lo contradiría por el peligro de la ciudad, si por caso le sucediese alguna desgracia, para tener ocasión de poder salir sin que se entendiese su desinio, dejó un espía fuera de la muralla, entre las huertas, con orden que á media noche hiciese una almenara de fuego, para que viéndola las centinelas de la ciudad, tocasen armas. Sucedió la ocasión y el efeto conforme á su deseo; porque viendo la almenara, toda la ciudad se puso en arma, y acudiendo también él al rebato, reforzó los cuerpos de guardia; y siendo ya después de media noche, dijo que quería salir á ver que rebato era aquel, y si andaban moros en las huertas.
Y mandando á los soldados que saliesen con las camisas vestidas sobre la ropa, para que en la oscuridad de la noche se conociesen, partió de Almería dos horas antes del día con ciento cuarenta y cinco arcabuceros de á pie y treinta y cinco caballos, y entre ellos algunos caballeros y gente noble; y andando un rato cruzaron de una parte á otra, por desviarse de las huertas y de los lugares donde les pareció que los enemigos podrían tener algún espía o centinela, se arrimó hacia el río, y cuando vio que ya era tiempo paró el caballo, y haciendo alto, estando toda la gente junta, les declaró la determinación que llevaba, la causa por lo había tenido secreto, la importancia que sería desbaratar los moros que estaban en Benahaduz antes que se juntasen con ellos los del marchal de la Palma y otros, que no podrían dejar de ser muchos; diciendo que él había reconocido los enemigos, gente desarmada y harto menos de la que se presumía; que el sitio donde estaban les era más perjudicial que favorable, y que haciendo lo que debían, con el favor de Dios fuesen ciertos que ternian vitoria, en la cual consistía el remedio y seguridad de los vecinos de Almería, y los que allí estaban serían aprovechados de los despojos de los moros en premio de su virtud.
No fue pequeño el contento que recibió nuestra gente cuando supo el efeto á que iban, y loando mucho aquel consejo, movieron todos alegremente la vuelta de Benahaduz. En el camino prendieron tres moriscos, de quien supieron como estaban todavía los moros donde los habían dejado; esto les hizo alargar el paso, y llegando ya cerca, se repartió la gente en dos partes. Julián de Pereda alférez de la infantería, con cien arcabuceros se apartó por una vereda encubierta sobre la mano derecha, y se puso en el cerro que está junto con el de Benahaduz, donde estaban los enemigos alojados, y llevó orden que en sintiendo disparar la arcabucería, que pelearía por frente, saliendo impetuosamente y les diese Santiago; y el capitán con el resto de la gente, llevando los arcabuceros delante y la caballería de retaguardia, se fue acercando al enemigo por el camino derecho, y llegó á descubrir su alojamiento cuando ya esclarecía el alba. A este tiempo las centinelas de los moros habían ya descubierto el bulto de los soldados que llevaba Pereda, y como iban bajos y encamisados, no se recelaban de cristianos que acudiesen por aquella parte, juzgaron ser ganado ovejuno que traían algunos moros para provisión del campo, y con esto se aseguraron, hasta que vieron caballos por la otra parte. Entonces comenzaron á dar voces y á tocar los atabalejos á gran priesa, y se pusieron todos en armas, aunque confusos, como gente mal práctica, que no sabía cuál les sería mejor, salir á pelear ó defenderse.
Dejando pues don García de Villarroel la caballería atrás, como un tiro de honda fuera de la arboleda que llegaba hasta el propio cerro, cuyas ramas impedían el efeto de las saetas y piedras que tiraban de arriba, metió la infantería por debajo de los árboles, y se fue mejorando hasta ponerla detrás de unas tapias, cerca del vallado de una acequia de una peña tajada que había hacia aquella parte, donde se tomaba una angosta senda, la cual estorbaba también á los moros poder bajar de golpe á hacer acometimiento. Y cuando le pareció que Julián de Pereda habría llegado á su puesto, sin aguardar más, mandó que los arcabuceros disparasen por su orden, dando una carga tras otra. Solas dos cargas habían dado, y entonces comenzaba la tercera, cuando los cien soldados hicieron animoso acometimiento por su parte; y como don García de Villarroel oyó el estruendo de los arcabuces, hizo que los peones subiesen por el cerro de arriba, siguiendo la gente de á caballo, y pasaron por una puentecilla harto angosta, que estaba sobre la acequia. Al principio mostraron los moros ánimo y hicieron alguna resistencia; más cuando vieron la otra arcabucería á las espaldas, creyendo que matas, árboles y piedras todo eran cristianos, como suele acaecer á los tímidos, luego desmayaron.
No faltó ánimo á este punto á Brahem el Cacís, el cual hacía á un tiempo oficio de capitán y de soldado, peleando por su persona, y esforzando á su gente con ruegos y con amenazas; y cuando vio que todo le aprovechaba poco, apeándose del caballo, con una lanza en la mano se metió entre los cristianos, y hizo tales cosas, que algunos le volvieron las espaldas; más yendo tras un soldado que le huía, otro más animoso le salió de través, y le dio un arcabuzazo y le mató. Con la muerte de su capitán, los pocos moros que hacían armas acabaron de desbaratarse, poniendo más confianza en los pies que en las manos, y nuestra gente los siguió, y fueron muertos todos los que pudieron alcanzar, sin tomar hombre á vida; solo siete moros fueron presos, que se quedaron metidos en una cueva en su alojamiento, y los hallaron unos soldados escondidos.
De nuestra parte hubo un solo escudero herido y dos caballos muertos. Perdieron los moros todas sus banderas, con las cuales y con la cabeza de Brahem el Cacís, en cuyo lugar sucedió Diego Pérez el Gorri, volvió don García de Villarroel aquel día á la ciudad de Almería, donde fue alegremente recibido del Obispo y de toda la clerecía, y del común, chicos y grandes, dando gracias al Omnipotente por tan buen suceso, mediante el cual los moros perdieron la esperanza que tenían, y se abrió el camino á otros muchos y buenos efetos. Y bien considerado Brahem el Cacís cumplió su palabra, pues su cabeza y sus banderas se vieron en la plaza de Almería cuando él dijo. Señaláronse este día do Luis de Rojas Narvaez arcediano de aquella santa iglesia, el doctor don Diego Marin, maestrescuela, el racionero Paredes, don Alonso Habiz Venegas, Pedro Martín de Aldana, Juan de Aponte, Francisco de Belvis, y otros muchos escuderos y soldados particulares. Este don Alonso Habiz Venegas era regidor de Almería y de los naturales del Reino, aunque bien diferentes dellos en su trato y costumbre, y los moriscos le estimaban mucho, por ser fama que venía de linaje de los reyes moros de Granada; y deseando hacerle rey en esta rebelión, le había escrito Mateo el Ramí sobre ello, rogándole de su parte que lo aceptase; el cual tomó la carta y la llevó al Ayuntamiento de la ciudad, y la leyó á la justicia y regidores, diciéndoles que no dejaba de ser grande tentación la de reinar.
Y de allí en adelante vivió siempre enfermo, aunque leal servidor de su Majestad, procurando enriquecer más su fama con esfuerzo y virtud propia que con cudicia y nombre de tirano. Súpose después de aquellos siete moros que llevaron presos, todos los intentos que tenían de ocupar la ciudad de Almería, y otras muchas cosas que confesaron en el tormento; y al fin se les dio la soga que andaban buscando, mandándolos ahorcar de las almenas de la ciudad"


El Secretario del Cabildo Catedralicio de Almería escribió sobre el tema:“Alçóse el Alpujarra hasta Guechar y Santa Fé del río de Almería a XXIIII de diciembre de 1.568, tomaron cautivos y mataron muchos clérigos, y muchos cristianos, que por la brevedad no los nombro. Don García de Villarroel dio batalla a los moros que vinieron hasta Benahaduz que eran más de seiszientos, y los nuestros eran doszientos soldados y vezinos, y cuarenta de a caballo, mataron doszientos moros y cautivaron siete, los quales ahorcaron a la puerta de la Mar; dio la batalla domingo a dos de enero de 1.569”.

En abril de 1570, don Juan de Austria asienta sus reales en Rioja, “fue aquel día 17 de abril, a dormir al pago de Rioja, donde se detuvo con harta necesidad de bastimento, por no haberse podido proveer por mar a causa del mal tiempo... Remediada esta necesidad pasó el campo a Santa Fé y en estos días se mataron algunos moros y se tomaron otros captivos, que declararon ser extrema la necesidad que pasaban de hambre”. Gira una visita a Pechina, sube al lugar de los Baños y, de una sola ojeada, comprueba la desolación del paraje. Entonces, publica, pocos días después, en Santa Fé, el bando de reducción, ofreciéndole el perdón a los moriscos que depusieran las armas y volvieran a sus casas, quedando aquellos que no lo aceptaran amenazados de pasar ”por el rigor de la muerte, sin tener dellos ninguna piedad ni misericordia”.

Los supervivientes de la comarca se acogieron a esta gracia y volvieron a sus lugares que estaban asolados y arruinados. En estos lugares permanecieron hasta noviembre de aquel año, en que los moriscos de Almería y sus tierras fueron concentrados en la capital, desde donde la mayor parte fue embarcada " en las galeras de don Sancho".
"Los lugares que se encomendaron a don García de Villarroel para sacar a los moriscos y el numero que recogió y si an embarcado: la ciudad de Almería, Santa Fee, Mondujar, Gádor, Maliciliana, Rioja, Pechina, Benaaduz, Huércal, Villatoro, las Aladras, Alicú, Eníx y Felíx, y los demás que están a dos leguas a la redonda de la dicha Almería". "Hase entendido que se recogió 2.000 ánimas y entrellas 500 hombres de pelea y que estos se an embarcado en las galeras del cargo de don Sancho de Leyva a la ciudad de Sevilla "… "de donde se haría el repartimiento, teniendo cuidado de que no fueran a Murcia, marquesado de Villena o Valencia, donde ya había muchos moriscos".


Pocos moriscos permanecieron en estas tierras, sólo permanecieron quienes habían obtenido licencia real por muy notorios servicios prestados durante la guerra.
El lugar queda prácticamente despoblado y continuará así varios años, ya que en la posterior repoblación Pechina fue el núcleo que se repobló con 36 vecinos, quedando Benahadux y Alhamilla despoblados.

No hay comentarios: